Una plazuela llana en un mar de cuestas

Este jueves vamos a visitar un pequeño oasis urbano en un desierto de ladrillos y asfalto, una plazoleta llana entre un montón de calles empinadas y llenas de edificios. Se trata de una plazuela entre las bilbainas calles Begoñazpi y Prim. 

¿Os apetece acompañarnos?

La calle Prim de Bilbao se encuentra ubicada en Ibaiondo, entre Santutxu y el Casco Viejo. Una calle limítrofe de la cual se podría decir que se trata de una frontera urbana entre dos zonas marcadamente diferentes. Una frontera que, además, se encuentra muy bien señalada por muros, cuestas y altibajos naturales de la capital Vizcaína

En este nexo de unión abundan los desniveles, los edificios y las escaleras. No me imagino viviendo en una calle así toda la vida (porque soy de una ciudad muy llana y no estoy acostumbrado a las cuestas), pero los vecinos de la zona parecen tener bastante cariño al lugar. Desde luego, a mi no me parece un sitio feo. De hecho le encuentro un encanto especial, el cual me lleva a menudo a desviar mi vuelta a casa para subir por aquí. 

Una de las cosas que siempre veo al pasar por aquí es esta plazoletilla. Se encuentra entre las calles Prim y Begoñazpi y no tiene un nombre como tal (creo). Ornamentada con una fuente en el centro, se trata de un pequeño descanso para sentarse y respirar, o para hacer ejercicio, pues cuenta con algunos aparatos de gimnasia. 

Y por alguna razón, lleva un tiempo llamándome la atención. 

No tengo datos sobre la historia de esta plazoleta y esta fuente, aunque tampoco esperaba encontrar nada. A veces es la simplicidad de un pequeño detalle (como puede ser una plazoletilla en medio de una ciudad) lo que hace que el todo al que pertenece sea visto con otra mirada. Como si de un oasis se tratara en medio de un desierto de asfalto, ladrillo y desniveles, esta pequeña plazoletilla me llamó la atención precisamente por eso. Creo que no hace mucho que la han reformado, y me da en la nariz que esa fuente lleva poco tiempo disfrutando del paisaje cuasi pictórico que ante ella se levanta. Y digo esto por el contraste alegórico entre ciudad y “naturaleza” que se puede apreciar en este lugar, pues parte de la naturaleza que se puede apreciar no es sino pintura en los muros que rodean ese parque. 

Este es el segundo punto que me llamó la atención del lugar lo suficiente como para dedicarle una entrada. 

A menudo, cuando pienso en escribir para este blog, tengo que determinar si algo tiene la suficiente sustancia como para mencionarlo. Hay muchos tipos de entradas, tantas como ideas fluyendo por nuestras cabezas. No obstante, debemos valorar si todo, absolutamente todo lo que vemos merece una entrada, o si algo es muy largo y debemos acortarlo, o si algo es muy corto y debemos dejarlo, o añadirlo a otra. 

En este blog siempre hemos funcionado internamente con una filosofía del todo vale matizada (obviamente). Sin embargo, en la práctica, parece que nos llama más lo grande, el todo, que lo pequeño o parte de.

Yo, para saber si debo escribir sobre algo, me dejo guiar por el corazón. Aunque suene cursi, es así. Si algún lugar despierta sentimientos en mi, es un primer indicio de que puede merecer la pena. Y si puedo estructurar una serie de emociones fluidas y convertirlas en narrativa, tal vez sea porque ahí hay algo. 

Y este es el caso en este lugar. Acostumbrado a pasar de largo y mirarlo de reojo, ayer decidí pararme en él, y con ello pude definir el porque de una serie de sensaciones que, por no analizarlas, casi creía inefables. 

En fin. 

Lo que me transmite esta plazoleta precisamente es eso. Un oasis en un desierto, una isla en el mar, un claro en un bosque de muros y cristales…

Iturralde y toda esa zona está plagada por las cuestas, las escaleras, los edificios y la estrechez. Santutxu está a ocho pisos de altura aproximadamente de este barrio, por ejemplo (aunque depende de la zona), lo mismo pasa con Begoña

Y esta plazoletilla, en cambio, parece tan llana… Y tan verde, en un barrio en el que no abundan muchos árboles por la imposibilidad de hacerles hueco entre sus calles. 

Pero ahí viene el otro punto: Parte de eso verde está pintado. Como poner en una ventana un póster de una playa para tapar las vistas a un patio interior, en estos muros hay árboles, plantas y flores. Pintados con tonos fríos, a mi me transmiten un bosque en una fría mañana de primavera. Salpicado el rocío por entre la hierba y comenzando a levantarse la niebla, el paseo promete tornarse más alegre después de la melancolía inicial. Solo hay que seguir el camino. 

… aunque de vez en cuando te puedes encontrar grafittis que te cortan todo el rollo. 

La plazoleta también tiene otro elemento interesante: La fuente

Aunque de normal parece estar apagada, creo que tiene un sistema que la enciende automáticamente durante un breve periodo de tiempo y cada X minutos. Yo, en lo que estuve allí, la vi encendida dos veces. Creo que se enciende cada cinco minutos aproximadamente, y dura cerca de uno encendida. 

Con sus chorros de agua empapa el plato superior, por cuyos bordes redondeados cae, a modo de cascada, el agua de nuevo a la fuente. No es lo más vistoso del mundo en materia de fuentes, pero es bonito de ver.

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Supongo que estos son los motivos por los que me llama la atención este lugar.

Otro día me gustaría hablar mucho más de Iturralde, pues me parece una zona muy interesante y llena de pequeñas cosas que mencionar, pero por hoy voy a terminar de subir la cuesta y de volverme para casa, aunque me haya vuelto a desviar del camino casi diez minutos solo para poder pasar entre estos edificios. 

¿Y vosotros? ¿Conocéis algún lugar simple que os transmita sentimientos especiales?

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Un pensamiento en “Una plazuela llana en un mar de cuestas

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